Hace unos días, Ana desde España escribió al “consultorio de YisuPlay” con una duda que, siendo sinceros… no es solo de ella, es de medio planeta. Básicamente preguntaba algo simple: ¿por qué hay personas con las que intentás hablar bien, pero la conversación siempre termina igual? No importa el tema… tarde o temprano te menosprecian, usan lo que estás pasando para desacreditarte y te tiran algún insulto disfrazado de “opinión”.
O sea, no te discuten lo que decís… te discuten lo que se les canta. Y ahí ya arrancamos para el orto. Porque una cosa es hablar de política, ideas o lo que sea… y otra muy distinta es que, de repente, el otro deje el tema y se ponga a bardearte el pelo, tu laburo, tu vida… o cualquier cosa que se le ocurra.
¿Y por qué pasa eso?
Porque su argumento es pobre. Así de simple.
En el momento en que empezaste a hablar en serio, ya se dio cuenta de que lo que pensaba no era tan sólido como creía. Y a partir de ahí… listo, cambió de juego. Y en ese punto, no importa lo que digas. No te va a dar la razón ni aunque le pagues. Prefiere quedar como un payaso antes que admitir que se equivocó.
El gran problema que azota al intelecto humano
Para entender este comportamiento tan ridículo, hay que mirar el trasfondo del asunto. Mucha gente busca información en redes sociales, se amontonan y todos empiezan a hablar de lo mismo. Y como son muchos, creen que tienen razón. Después está el otro grupo: el que solo consume contenido que le confirma lo que ya piensa. Buscan, filtran y se quedan únicamente con lo que encaja en su idea. Se estancan ahí. No salen. No dudan. Y cuando llegás a ese punto… ya no estás discutiendo con una persona. Estás discutiendo con una pared. No, peor. Porque la pared, al menos, no dice idioteces.
Lo complejo de todo esto es que, si no nos damos la oportunidad de dudar, de ver otro punto de vista, de intentar entender al otro… nos vamos volviendo cada día un poco más brutos. Porque lo primero, aunque suene aburrido, es ir a lo básico: estudiar. Sí, estudiar. Porque solo entendiendo un tema podés saber hasta dónde llega una discusión. Todo tiene un marco, un límite. Y cuando alguien se sale de ahí, no es porque “ganó”… es porque ya no tiene nada para aportar. Entonces empieza el circo. Y ese marco del que estamos hablando tiene nombre, aunque muchos lo ignoren: contexto.
Pero también están, digamos, los vaguitos. Los que se sientan y esperan que algún tipito enojado les cuente la historia como ellos quieren escucharla… no como realmente es. Y ahí se pudre todo. Porque si vas a quedarte esperando que alguien, caliente y con bronca, te arme un relato a medida… ya no estás pensando. Estás consumiendo. Y en ese punto, no sos parte de la conversación. Sos una marioneta más en el circo.
Y también están los relajados. A los que no les importa un pepino nada. No quieren entender, no quieren debatir, no quieren aprender. Están ahí… pero no están. Es como si ya no quisieran ni vivir, con eso te digo todo.
Y al final están los rezagados. Esos son peores que moscas en verano. Se meten en todo, no aprenden nada y repiten absolutamente todo lo que escuchan. Van de un lado a otro: escuchan, repiten; escuchan, repiten. No frenan ni un segundo, ni siquiera para mirar el sol.
Esta clase de gente tiene un problema serio: no se puede hablar de nada con ellos. No te dejan explicar, no escuchan, creen saber de antemano lo que vas a decir. Interrumpen, gritan, dicen que todo es mentira y se escudan en argumentos sin sentido solo para encasillarte en algo. Y una vez que te encasillaron… listo. Se convierte en un disco rayado. Repiten lo mismo una y otra vez hasta el cansancio.
Y cuando ya no les alcanza con eso, cuando ven que igual no pueden sostener la idea… ahí viene lo de siempre: el ataque personal.
Ejemplos sobran:
— “Pero mirá, yo tengo 36 años… no me vas a decir lo que es y lo que no.”
— “Si vos apenas terminaste el secundario, ¿qué venís a hablar de política?”
— “Bueno, si sabés tanto, ¿por qué tenés ese trabajo y ganás esa miseria?”
— “Mirá cómo te vestís y querés hablar de filosofía.”
— “Ah bueno, ahora sos Zamba el niño que lo sabe todo”
— “Con la vida que tenés, mejor ni opines.”
— “Primero arreglá tu vida y después hablamos.”
Y cuando no les alcanza con atacarte… pasan al siguiente nivel: negar todo.
— “¿De dónde sacás eso? El calentamiento global es mentira.”
— “¿Quién te dijo que en el país no hay trabajo? Eso es mentira.”
Listo. No hay debate, no hay idea, no hay nada. Solo negación y ruido.
Tal vez algunos recuerden que, no hace mucho, andaba uno por todos los canales haciendo exactamente esto. No sé si te acordás.
Pero lo más triste de todo es que este comportamiento es tan viejo como Aristóteles… y tiene nombre.
Bienvenido a la falacia ad hominem
La cosa es más deplorable de lo que parece, porque este pelotudeo miserable no nació con internet ni con las redes. Viene de hace más de 2.000 años. Sí… ya entre el 300 y el 350 a.C. alguien se dio cuenta de esta jugada barata.
Y ese alguien fue Aristóteles.
En sus textos sobre lógica y argumentación —especialmente en Refutaciones sofísticas— ya analizaba estas trampas. Las llamaba falacias: errores de razonamiento donde, en lugar de discutir una idea, se ataca a la persona.
O sea… pasaron siglos, cambió la tecnología, cambiaron las formas… pero la pelotudez es la misma. Antes era en plazas y debates. Hoy es en comentarios, redes y televisión. Distinto escenario… misma falacia.
Por otro lado, los romanos usaban muchísimo el ataque personal en los debates, sobre todo en la política y en los tribunales.
Los discursos en el Senado y en los juicios eran casi un show de retórica. Y una de las armas más comunes era destruir la reputación del rival delante de todos.
Uno de los campeones en eso fue Marco Tulio Cicerón.
Ese tipo era un monstruo de la oratoria, pero también un maestro del ataque personal elegante.
Por ejemplo, en los discursos contra Catilina (las famosas Catilinarias), no solo discutía la conspiración… también lo pintaba como:
corrupto,
degenerado,
un peligro para Roma.
O sea, mezclaba argumento con demolición personal.
Y sí… se parece bastante a cierto personaje que no hace mucho andaba por todos los canales haciendo exactamente lo mismo.
No sé si te acordás. Y si te acordás tal vez la siguiente historia se te haga medio conocida.
Tenés por un lado a Octavio Augusto, que todavía no era emperador pero ya jugaba como uno, frío, calculador. Y del otro lado a Marco Antonio, que era básicamente el heredero político y militar de Julio César, un tipo con peso real en Roma. Cuando matan a César, el poder queda en el aire… y estos dos quedan como los pesos pesados listos para ver quién se queda con todo. Pero lo interesante es que la guerra no empezó con espadas ni ejércitos, empezó mucho antes… con algo más sucio: la propaganda y la difamación.
Octavio, que no era ningún boludo, entendió una jugada clave que hoy sigue vigente: no siempre necesitás bajar a tu rival físicamente, a veces alcanza con que la gente lo vea como un enemigo. Entonces se puso a laburar la cabeza de Roma. Mientras Antonio estaba en Oriente, medio metido en su historia con Cleopatra, Octavio empezó a construir un relato. Y no era improvisado, eh… era una campaña bien pensada, paso a paso, para hacerlo mierda públicamente sin tocarle un pelo.
Primero lo atacó por el lado más sensible: la lealtad. Empezó a instalar que Antonio ya no respondía a Roma, que estaba más del lado de Egipto que del suyo. Y claro, usó como excusa su relación con Cleopatra. En criollo, lo vendió así: “este tipo ya no defiende a los nuestros, está jugando para otro equipo”. Eso en una sociedad como la romana, donde el orgullo y la identidad lo eran todo, pegaba fuerte. Ya no era solo una pelea de poder, era “Roma contra un traidor”.
Después vino algo todavía más fino: lo empezó a mostrar como un tipo dominado. No solo cuestionaba sus decisiones, sino su carácter. Decía que Cleopatra lo manejaba, que lo tenía controlado, que Antonio había perdido esa imagen de hombre fuerte que los romanos idolatraban. Lo pintaban casi como un títere, alguien hechizado, débil. Y esto no era un detalle menor, ñeri… en Roma la imagen de fuerza y control era clave. Si parecías blando, estabas muerto políticamente.
Y como si eso no alcanzara, le metió la estocada moral. Empezaron a circular versiones de que Antonio era un degenerado: borracho, mujeriego, viviendo de joda en Egipto mientras Roma “sufría”. No importaba si era 100% cierto o exagerado… lo importante era instalar la idea. Porque cuando la gente deja de respetarte, ya perdiste medio partido.
Pero el golpe más sucio y efectivo vino después. Octavio consiguió el testamento de Antonio —anda a saber cómo, porque eso ya huele bastante turbio— y lo leyó en público. Ahí se decía que Antonio quería ser enterrado en Egipto y que reconocía hijos con Cleopatra. Y ahí fue el momento “boom”. Porque ya no era solo un rumor o una campaña: era “la prueba”. Entonces el mensaje cayó pesado: “este tipo ni siquiera quiere morir como romano”. Listo, con eso lo terminó de enterrar frente a la opinión pública.
A partir de ahí todo fue más fácil. Antonio ya no era visto como un rival político… era directamente un enemigo de Roma. La guerra dejó de ser una ambición de poder y pasó a ser algo “necesario”. Octavio ganó apoyo, legitimidad, y cuando finalmente se enfrentaron en la Batalla de Accio, ya tenía medio terreno ganado en la cabeza de la gente. Antonio y Cleopatra pierden, los dos terminan suicidándose, y Octavio se queda con todo, convirtiéndose en el primer emperador.
Y si lo mirás bien… esto no es solo historia. Es el mismo juego que ves hoy, pero con traje moderno. Cambian los nombres, cambian los medios, pero la lógica es igual: no hace falta destruir al rival con hechos… alcanza con destruir cómo lo ve la gente. Ahí es donde realmente se gana.
O sea, literalmente esto es un truco bastante choto… pero funciona. Porque le entrega poder a alguien que ya está mintiendo. Y si alguien necesita mentir para sostener lo que dice… imaginate el nivel de lo que realmente está pensando. Ahí ya no estás frente a una discusión. Estás frente a alguien que no quiere tener razón… quiere ganar. Y cuando el objetivo es ganar a cualquier costo, la verdad pasa a ser un estorbo. Y cuando pasa eso… ya sabés que la conversación murió hace rato.
Pero... ¿por qué se llama falacia ad hominem?
El término viene del latín y significa literalmente “contra el hombre” o “contra la persona”.
No nació en internet ni en Twitter. Empezó a usarse mucho después, en la lógica europea del siglo XVII, sobre todo en debates filosóficos y religiosos.
Uno de los que ayudó a popularizar la expresión fue John Locke en 1690, en su libro An Essay Concerning Human Understanding.
Y la idea es simple:
Es cuando alguien no discute la idea… sino que ataca a la persona que la dice.
Ejemplo ad hominem:
Persona A: “Creo que el mate muy caliente hace mal al estómago.”
Persona B: “¿Y vos qué vas a saber si ni terminaste la escuela?”
Ejemplo de debate entre gente coherente
Persona A: “Creo que el mate muy caliente hace mal al estómago.”
Persona B: “¿Y qué tiene que ver la temperatura con el dolor? Porque si fuera así, cuando tomás sopa también te dolería. Capaz no es el mate… puede ser un problema del estómago, como una úlcera. Si te pasa seguido, mejor consultá.”
Como ves, en el primer caso (ad hominem) ni vale la pena explicar nada. No hay discusión. No hay idea. No hay intercambio. Solo hay ataque. En cambio, en el segundo ejemplo, la conversación se mantiene dentro del tema: ingerir algo caliente y el dolor de estómago. Se cuestiona, se analiza y hasta se propone una posible solución. O sea… hay pensamiento.
Guía básica para no caer en esta payasada
Ya que estamos, bajemos esto a tierra:
- Si te atacan a vos, ya sabés que no tienen nada.
No lo tomes personal… tomalo como señal. - Volvé al tema.
“Todo bien, pero no respondiste lo que dije.”
Se quedan sin aire.
- No expliques tu vida.
No estás en un interrogatorio. Estás en una conversación. - Si insiste… salí.
No es debate, es desgaste.
Y vos no estás para educar boludos gratis.
La verdad aunque sea molesta
Así que no, Ana… el problema no sos vos.
El problema es que estás discutiendo con gente que no quiere debatir… quiere ganar como sea.
Hace 2000 años los humanos se pasan jugando a lo mismo y haciendo lo mismo de siempre, por eso filósofos como Arthur Schopenhauer decían que el ser humano cambia las formas, pero los impulsos básicos siguen siendo los mismos.
Friedrich Nietzsche en su estilo medio ácido también argumentaba sobre nuestra lentísima evolución cuando decía:
Cambian las máscaras, pero el teatro humano sigue siendo parecido.
Así queda claro que no aprendimos nada, que aún falta mucho por entender y que, cuanto más falacias haya, más ensuciamos la verdad. Y cuanto más ensuciamos la verdad… las consecuencias van a ser cada vez mayores.
